13 de mayo de 2015

Frankestein
Mary Shelley

En el desapacible verano de 1816, cerca de Ginebra, un grupo de viajeros ingleses entretenía las lluviosas tardes alpinas leyendo relatos de terror en la famosa villa Diodati.
Los poetas lord Byron y Percy B. Shelley, junto con sus jóvenes amantes, se entregaron a un juego literario que consistía en idear el cuento más espantoso que se pudiera imaginar. Ninguno de los presentes logró completar un buen relato... salvo la joven amante de Shelley; aquella noche, Mary Wollstonecraft, con apenas dieciocho años, concibió una historia aterradora y maravillosa: Frankestein.

Desde su publicación en 1818, Frankestein asombró al mundo y en pocos años adquirió la categoría de "mito moderno". A caballo entre la novela gótica y el relato filosófico, la historia del soberbio científico y su monstruosa creación ha apasionado a varias generaciones de lectores.

Hace muchos años que tenía en mente leer el famoso relato de Frankenstein. Por suerte, no tiene nada que ver con la turbia imagen que nos ha regalado el cine.
Esta obra, escrita por una joven de apenas veinte años, se ha convertido en todo un referente de la literatura británica del siglo XIX. En ella se puede apreciar la soltura literaria de Mary Shelley, su intenso amor por el conocimiento y, por qué no, su envidiable imaginación.
La historia de Frankenstein se divide en dos partes principales, contadas desde tres puntos de vista: Victor Frankenstein, el monstruo y un hombre que tiene la suerte o desventura de toparse con ellos.

Este libro es una auténtica obra de arte que no he logrado apreciar en su totalidad hasta que no lo he terminado por completo. Se trata de una alusión a la muerte disfrazándola de creación, como un método de evasión en el que la autora libera sus males. Frankenstein parece un relato de terror porque ningún escritor puede plasmar algo sobre el papel si no ha sufrido por ello.
El terror es una carga energética que sobrecoge nuestra psique y hace arder a la imaginación tornándola en imágenes grotescas y espeluznantes, que no hacen otra cosa que disfrazar nuestros sentimientos. Ningún autor que se precie puede contar algo si no tiene miedo: miedo a los fantasmas, miedo a un te quiero, miedo a la existencia misma que se agota y se escapa de entre nuestros dedos... Pero, en realidad, este libro es una llamada de atención, una crítica de la sociedad y una búsqueda de la verdad sobre la identidad humana. Un grito de socorro en el que Mary Shelley expone la muerte como la ausencia de amor, el deterioro del espíritu ante la carencia de apego; nos da un relato en el que sus personajes mueren cuando dejan de amar, donde la falta de ese sentimiento es la que lo mueve todo. Mary Shelley nos está mostrando su miedo a la soledad.

No quiero hacer una reseña como las que llevo hasta ahora. Este no es un libro cualquiera y merece una profunda reflexión.

El relato de Frankenstein o El moderno Prometeo es una fábula, una manifestación del alma de Mary Shelley que logra exponer las maravillas de la mente humana y su naturaleza más perversa, como si de comida en la mesa se tratase.

La historia de cómo surgió esta idea en la mente de la autora parece casi una metáfora del propio libro, como una alusión a las musas que aparecen cuando nadie las busca, como esa idea que rebota en la frente y germina en el cerebro. La reunión de amigos en villa Diodati, entre los que se encontraban lord Byron y su médico personal: William Polidori, Percy Shelley, su futuro marido, y su hermana Mary Jane Clairmont, entre otros, derivó en la absurda propuesta de redactar, de manera individual, una historia de terror para pasar aquel "verano húmedo y desapacible". Según las declaraciones de la autora, fue una conversación entre lord Byron y Percy Shelley sobre el principio de la vida y las posibilidades de reanimación tras la muerte lo que le inspiró para crear al monstruo. Encerrada en su alcoba, ella se imaginó a un joven científico postrado sobre su obra, contemplando con horror el resultado mientras se lamentaba por haberlo intentado siquiera. Como el autor que se tortura con su trabajo porque las musas no vuelan lo suficientemente rápido y porque el producto resultante no es el deseado, Mary Shelley expuso aquellos sentimientos, creando a un personaje que huye espantado de su creación y le da la espalda.

Para ella escribir es cultivar vida en el pensamiento, dotar a un ser inerte de identidad y eso, en realidad, solo está al alcance de unos pocos. El dolor que le ocasionó la perdida de sus dos hijos poco antes de aquel verano de 1816 fue el detonante de esta historia. Mary Shelley protege su alma de dicha tortura disfrazando sus sentimientos en forma de cuento y dotando a Victor Frankenstein, su alter ego, con el don de la creación.
No alcanzo a imaginar cómo puede ser el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo sin poder hacer nada por evitarlo, pero puedo hacerme a la idea de cómo surge esa la necesidad de devolverlo a la vida, de poder crear con las manos lo que su vientre no supo hacer. La reacción de Victor Frankenstein al ver al monstruo tan solo es el reflejo de su propio miedo; una respuesta de la conciencia que quiere huir del recuerdo y alejarse de aquello que tanto anhela, contemplándolo como algo horrendo y arriesgado. El personaje de Frankenstein encarna la idea divina de crear vida y de decidir sobre la muerte, algo que solo le pertenece a Dios. Por ello, este libro defiende la idea de que jugar con las leyes de la Naturaleza solo trae problemas y desdichas para quien las incumple.

En la introducción del libro también se habla del personaje de Víctor como la personificación de Dios, representándolo como un ser humanizado y capaz de cometer errores, que se ve abrumado por el resultado de su obra. -Abrumado, en realidad, por los actos del ser humano, el cual no causa mas que dolor allá por donde pase. Es un ser horrendo y desagradable que nadie, en cualquier rincón del Paraíso, va a querer tener cerca.- Sin embargo, yo creo que esto no es más que una metáfora que recalca la capacidad de la mujer de dar vida, en la cual, de manera inconsciente, la autora exhibe el miedo que siente de sí misma y su profundo deseo de ser madre.

En el libro, también se presentan algunas fases relevantes del mito de la creación y varias similitudes. Por ejemplo: Dios, crea al hombre para que viva en su mundo y para que disfrute de todas las maravillas que tiene preparadas para él. Pero el ser humano es caprichoso y orgulloso y quiere tener a alguien de su misma especie, pues siente que si no, no encajará en el entorno. De esta manera, Dios le crea a la mujer, siguiendo el esquema de su propio procedimiento. Esto mismo hace Frankenstein con el monstruo, el cual le sugiere que, para no hacerle sentir tan desdichado, él, como su creador, tiene el deber de otorgarle una compañera.

Por otra parte, el personaje del monstruo engloba las facultades más profundas y sinceras del ser humano creando con ello un personaje redondo, alterable, que va evolucionando según se desarrolla la trama. Al comienzo tenemos un ser amable, generoso y de bondad innata que se ve excluido por su aspecto físico. Primero por parte de su creador, Dios, y después por sus iguales. Una concisa demostración de que la sociedad hace al monstruo y que el ser humano es tan solo un reflejo de su entorno. El monstruo aprende y crece en este nuevo mundo rodeado de dolor, y esto hace que se convierta en un ser cruel y despreciable. De esta forma, Mary Shelley nos demuestra que la bondad del hombre es innata, y que cualquier atisbo de maldad solo es una máscara para esconder el miedo, un grito de socorro ante un mundo que nos da la espalda.


Título originalFrankenstein or the modern Prometheus
Autora: Mary Shelley
Editorial: Austral
Páginas: 282
Formato: Físico
ISBN: 9788467039498
Puntuación: ★★★★☆
Enlace de compra 9'95€

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